Los bonsáis, una pasión milenaria que requiere paciencia


Siempre he dicho que los libros han sido mis mejores amigos y gracias a ellos he aprendido multitud de cosas diferentes. Lo cierto es que podría decirse que mi curiosidad me ha llevado a convertirme en una especie de coleccionista de, digamos, habilidades diferentes.

            Con los libros he aprendido a hacer nudos marineros, técnicas de supervivencia o micología, muchas cosas. Y hace más de quince años empezó a atraerme el arte milenario del cultivo de árboles en maceta, especialmente por su relación con la cultura nipona, a la que siempre me he sentido tan ligado y, a la vez, tan atraído.

            Y, como tantas otras veces en mi vida, mi primera aproximación al mundo de los bonsáis fue un viaje a la mítica librería Follas Novas en Santiago de Compostela. Sin embargo y, pese a que los libros eran maravillosos, no fui capaz de aclararme por más empeño que puse.

            El tiempo fue pasando, yo seguí leyendo y, poco a poco, me fui perdiendo en un laberinto lleno de conocimientos que se me antojaban imposibles.

            Finalmente, desesperado, tras haber fracasado estrepitosamente con unos pobres plantones que sufrieron mi ignorancia, llegué a la conclusión de que necesitaba ayuda y busqué un maestro que me echara una mano.
            Así acabé en Colmenar Viejo, en casa de Carlos Lázaro.

            Lo primero que me dijo fue que tardaría tres años en aprender a regar, cosa que a mí me pareció un auténtico disparate…
            Sin embargo, tenía toda la razón, tardé tres años en aprender a regar y, lo que es aún más significativo, tardé otros diez años en comprender por qué era así.

            Francisco Narla